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sábado, 27 de junio de 2026

Hacer con la comida magia y de la comida, magia

En muchas culturas del pasado, y aun entre algunas de las más modernas y supuestamente avanzadas, funcionan efectivas visiones del mundo en las que se afirma la existencia de más de una realidad. En nuestra visión sobremoderna nos inclinamos de manera cotidiana por lo palpable y lo sensible, es decir, por todo aquello que caracteriza a la engañosa materialidad, mientras que admitimos la posibilidad de que al otro lado de umbrales desconocidos –o quizás rodeándonos por completo, incógnita y completamente velada– se tienda una realidad inmaterial que a pesar de su naturaleza misteriosa algunos afirman intuir (Van der Leeuw, 1964) y otros de manera prodigiosa percibir e incluso manejar. 

A esa realidad «oculta» le hemos asignado el nombre de mundo mágico, espacio sagrado o divinidad, y a todo lo que de ella se desprende o logra filtrarse en nuestro mundo material le llamamos simplemente Magia. En palabras de Richard Kieckhefer, la magia es donde se intersectan la religión y el conocimiento o ciencia, donde se confunde lo popular con lo erudito y donde se observa una particular encrucijada entre lo ficticio y lo real (Kieckhefer, 1992). Visto de esa manera, magos y visionarios no son otros sino quienes dicen moverse libremente entre los dos mundos o quienes tienen la capacidad de mover lo impalpable y desconocido para su propio beneficio en el mundo «real». Apenas es necesario agregar que ese mundo sin materia se encuentra habitado por seres incorpóreos, feos y temibles unos y benéficos y agradables otros, que ocasionalmente y de manera impredecible –excepto, claro, para el mago– se infiltran en nuestra realidad provocando la aparición de visiones desagradables y distorsionadas a las que les hemos puesto nombres como íncubos o súcubos, demonios, hadas, duendes, genios comarcales, monstruos de armario, espectros y fantasmas, por nombrar sólo algunos habitantes de ese mundo feérico (Lecoteaux, 1998). 


Cuando en el pasado algún mago poco ético e inmoral utilizaba la magia de manera retorcida para hacer sortilegios o mágicos maleficios se le llamaba hechicero –es decir, que «hacía cosas»– o brujo que «elabora pociones». Esta última etimología nos viene como anillo al dedo, pues permite unir la praxis mágica con la cuestión gastronómica. Hay quien afirma que brujería proviene del nórdico antiguo brugga ¬–hervir– término del que a su vez se derivó el inglés brew, «elaborar cerveza». Estas acciones culinarias solían efectuarse en calderos, marmitas, ollas o pucheros metálicos como los que hoy caracterizan las oscuras labores de las brujas estereotípicas, quienes de acuerdo con la moderna narrativa inspirada por Disney no hacen otra cosa que cocinar maldades y conjugar ingredientes de manera diabólica y mal intencionada para la confección de bebedizos o alimentos mágicos (Velázquez, 2006).


De acuerdo con la interpretación fantástica del mundo algunos alimentos representan, cocinados o en su estado natural, una oportunidad o vía para transgredir las fronteras entre lo real y lo inmaterial. Entre los primeros contamos con una gran cantidad de potajes, pócimas, brebajes y elíxires maliciosa y metódicamente preparados, muchos de ellos quizás creados para la muy lícita herbolaria tradicional. Por otro lado, de manera complementaria y natural, el mundo pone a nuestra disposición hongos, hierbas, flores, raíces y cactos que por sus mágicas posibilidades transgresoras recibieron el nombre de «plantas de los dioses» (Schultes y Hofmann, 2000). Gracias a sus propiedades psicotrópicas o enervantes quienes consumen estos alimentos pueden observar al mundo distorsionarse –derrumbarse, diría el Don Juan Matus de Carlos Castaneda– y con ello afirman ganar acceso al mundo mágico o realidad alterna. A lo largo y ancho del planeta diversos grupos humanos se han servido de alimentos mágicos con los que amplían su percepción del cosmos y gracias a ello adquieren poder y conocimiento (Castaneda, 1974). Sin embargo, hay que decirlo, la magia no siempre logra alcanzar la seriedad ni credibilidad de lo religioso. 


Cierto tipo de conocimiento popular afirma que los alimentos, incluso aquellos que carecen de naturaleza «mágica» (o energética) pueden de todos modos convertirse en vehículos de la magia o adquirir poderes gracias a auténticas recetas en las que estos se mezclan, logrando transformaciones que activan en ellos fascinantes propiedades gracias a la sazón y el condimento representados por conjuros, consejas, decretos, oscuras o claras intenciones y complejos rituales. El resultado de estos peculiares manejos de naturaleza culinaria son las pociones, los filtros de amor y los venenos, que según esta creencia son capaces de afectar o mermar el espíritu o la energía de una persona, o bien, de apresurar su desaparición física. Sin embargo, en la magia alimentaria se observan asimismo buenas y salutíferas intenciones relacionadas la preparación de recetas –algunas francamente estrafalarias– en las que el significado simbólico de los ingredientes y las emociones se conjuntan para sanar a un enfermo, como es el caso de los pretendidos poderes sanadores del tradicional caldo de pollo que tradicionalmente se receta en casa para arreglar asuntos de naturaleza invisible como los empachos, el resfrío o la tristeza que resulta de un mal de amores. 


Efectivamente, los alimentos mágicos juegan un importante papel en la materia amorosa. No es poco común escuchar que alguien ama –a veces de manera forzada o bajo sugestión– gracias al influjo de mejunjes, bebedizos y otras magias comibles administradas por personajes poco escrupulosos. Dado que el amor suele ser representado como algo meloso, muchos de los alimentos con cualidades pretendidamente erógenas o enardecedoras de las más ocultas pasiones tienen una naturaleza dulce, tanto, que algunas recetas de hechizos para «amarre» reciben nombres como «endulzamientos de amor» y contienen entre sus ingredientes sabores o simbolismos muy sugestivos, como la miel, el azúcar o el chocolate. No gratuitamente comparamos al objeto amoroso con cosas dulces, llamándole bombón, caramelo, honey, sweety o sugar… y como también es común que el amor lleve a la pasión (o viceversa), esas fórmulas suelen agregar también canela (pues en una buena relación se requieren ardor, fuego, candela y pasión) y un color asociado, el rojo, que aporta al simbólico arrobamiento amoroso. Otra manera de propiciar la magia la representan las bebidas alcohólicas, no en vano se conocidas como «espirituosas». Muchos fermentados como el pulque o el balché (en el México antiguo), acondicionados con hierbas y hongos mágicos, sirvieron para quehaceres sacerdotales que derivaban en predicciones climáticas y profecías catastróficas. Y mientras, al otro lado del Atlántico, un mito narra que sucedía casi lo mismo en la Grecia clásica, donde las pitonisas se embriagaban o intoxicaban de algún modo para ejercer sus artes adivinatorias en los oráculos.

Hoy en día, aun cuando todo en la vida parece estar en función de lo físico y supeditado a la economía de las experiencias, lo mágico y lo simbólico de un alimento deberían seguirse relacionando con la experiencia gastronómica, concediéndole a lo mágico una oportunidad. Parece que el mundo material y empíricamente experimentable finalmente ha logrado imponerse, y aunque sin saberlo seguimos usando sabrosos lenguajes amorosos y embriagantes, es más que probable que ya no les concedamos la magia que alguna vez tuvieron.

® Alberto Peralta de Legarreta

Para apagar los ardores amorosos en la mujer

Receta tomada (abreviada y actualizada) de La Venus mágica, filtros de amor. Colección de recetas y secretos mágicos para hacerse amar.

Elaboración

Si tuvieses la desgracia de poseer una esposa ó una amante en exceso lujuriosa y desearas apagar el fuego devorador que en ella se consume, con riesgo de su propia salud y de la tuya, harás lo que sigue: Si tu mujer fuese viciosa de naturaleza, dale una poción mágica, de otro modo acude a la ciencia médica. La pócima que atempera los deseos venéreos es de la siguiente manera: «Redúzcase á polvo el miembro genital de un toro y dé el peso de un escudo (3.5 gr.) de este polvo en un caldo compuesto de ternera, verdolaga y de lechuga á la mujer demasiado ansiosa por los goces de Venus, y no será más importunado, por el contrario, que sentirá de día en día más aversión al acto generativo. Este secreto fue sacado de Alberto el Grande, edición latina (Anónimo, 2008).


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